[...] -Eh, Jezabel -dijo de repente la Arcángel permitiendo que la otra la
montara. La súcubo se quedó parada al escuchar su nombre de sus labios-.
No quiero que esta noche termine.
Aquella muestra de afecto la
cogió desprevenida. En su interior sintió como se conmovía y tuvo que
morderse el labio para que su cara no lo reflejara. Como contestación le
acarició el rostro con dulzura. Aquella molesta vocecilla de súcubo que
tenía en su interior le recordó cruelmente la conversación que habían
tenido la primera vez que se acostaron. <<Esto es solo
sexo>>le había dicho entonces << Nada de sentimientos, ni de
cosas así. Sexo. Si algún día tengo que matarte, lo haré>>.
-Llévame contigo -susurró de nuevo la Arcángel, agarrando su rostro y acercándola.
Aquello
volvió a ponerla en guardia. Sus palabras atravesaron de nuevo su
mente, como si fueran un puñal. Y entonces, ¿porqué a veces se
comportaba así con ella?
-Al lugar de donde vengo no pueden entrar los ángeles.
Aquello
era una mentira, pero Remiel decidió tomarlo como un cumplido hacia
ella. Le brindó un beso, dulce y pausado. No era nada parecido a los
que se habían ofrecido apenas unas horas antes. Esos hablaban de lujuria
y deseo, este, más intimo, de sentimientos escondidos.
-Uriel me
matará cuando se entere de donde he estado -continuó, con tono jocoso-.
Por no hablar de la jefa. Ese sitio es un infierno.
Jezabel se tensó de repente. Le apartó las manos de la cara con delicadeza, con el rostro constricto en una mueca.
-¿El Infierno? -dijo, con la voz rota de repente- ¿Qué sabrás tú de esos?
Se
incorporó quedando sentada sobre la cadera de la Arcángel, apartando la
mirada. Remiel pudo leer el tormento dentro de sus pozos de negros.
Esos ojos tan oscuros e insondables normalmente hablaban a gritos de
dolor y miedo. Se incorporó, imitándola.
-Entonces … -susurró rindió
sus labios de nuevo. Le encantaba notar como las defensas de su
compañera caían poco a poco antes sus besos. Con suma delicadeza
intercambió posición con ella, quedando encima-, déjame que te muestre
como es el Cielo. [...]
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10/6/12
5/10/11
La noche del súcubo
El Infierno era como un valle yermo, vacío. Un desierto de arena y roca rojiza. Almas en penas pululaban de aquí para allá, trapicheando unos con otros. Hogar del pecado y el desenfreno, de la sin razón. No era un lugar para ángeles y, sin embargo, allí estaba. Él, que había sido el más puro y correcto, el más cuidadoso de su tarea, el más trabajador. El mejor amante y amado. Desterrado a aquel agujero donde nunca se veía el sol, ni llegaba la luz de las estrellas. Kiriahtan estaba sentada sobre una gran roca, en la entrada el palacio, mirando hacia la nada. Los demonios procuraban no pasar por su alrededor, esquivando su presencia. Uno de los grandes señores quería estar solo y eso significaba solo. Aunque no todo el mundo conocía el significado de esa palabra.
-Vaya, Kiriahtan, ¿qué haces tan pensativo? –comentó una voz femenina.
Era suave y clara, pero a él le resulto irritante. No quería ver a nadie, no ahora. Pero Jezabel no parecía de acuerdo con eso.
-¿Te sientes mal, oh Gran Amo Demoníaco? –dijo poniéndose delante suya.
Su gesto burlón interrumpió el aislamiento del Caído, que se vio obligada a mirarla. Durante un momento estuvo perdido en el hechizo que emanaba de sus ojos negros, como si pudiera pensar en otra cosa.
-¿Qué quieres, Jezabel? –dijo con una voz totalmente ida.
La sonrisa picarona de la súcubo se acentuó. Ella ladeó la cabeza, acercándose a él despacio. Como si tuviera que tantear primero el terreno. Su corto cabello osciló de forma embelesadora.
-Siempre estás rodeado de buena compañía. Me extrañó verte aquí tan solito.
Eso no era realmente cierto. Kiriahtan solía pasarse la mayoría del día solo, como un alma atormentada. Es cierto que no rehuía la compañía, simplemente no la buscaba. Es como si se amoldara al lugar y momento donde se encontraba.
-Ven conmigo.
No era una orden, ni siquiera usó un tono diferente al normal. Una simple afirmación, y obligó al muchacho a que se levantara y la siguiera cual corderito dentro del Palacio. Ella iba comentando cosas en su eterno monólogo. Kiriahtan se sentía ausente, como si él no estuviera allí de verdad. Lo único que oía de vez en cuando era el tintineo del cascabel de su compañera. Aparecieron en la habitación del Caído. Él se sentó sobre la cama, como un autómata. Jezabel se dedicó a pulular de aquí para allá, sin llegar a tocar nada. Dedicó un largo rato a mirarse en un espejo de medio cuerpo que había por allí. De forma coqueta se apartó un par de mechones, dejando que sus pequeños cuernecitos se vieran bien.
-Dime, ¿es cierto que aún estás enamorado de esa chica? La Arcángel.
Kiriahtan la miró como si realmente no hubiera nada allí. Sus palabras resonaban en su cabeza como su fuera una cueva con eco. Sobretodo sus dos últimas palabras. En ningún momento se le pasó por la cabeza contestar. Era un ser callado, taciturno. No compartía sus pensamientos con nadie, ni siquiera hechizado. Parpadeó un poco, como intentándose librarse de ella.
-Oh, ¿es molesto? –Jezabel se acuclilló frente a él, portando aún esa sonrisa pícara en sus labios-. Ya sabes, las súcubos tenemos el don de subyugar a las personas. Yo puedo leer tus más oscuros deseos, Kiriahtan.
Su mano acarició de forma sensual la pierna del muchacho. Por unos breves momentos él se preguntó porque haría todo eso, pero irremediablemente se volvió a perder en aquella bruma negra que emanaban sus ojos.
-Aunque he de decir que contigo me resulta muy difícil –chasqueó la lengua, haciendo sonar el cascabel que llevaba en el pircing de esta-. ¿Siempre fuiste así de complicado?
Ella se rió, incorporándose y dando un par de pasos hacia atrás. Poco a poco se desabrochó un par de botones de la vaporosa blusa que llevaba, dejando ver un poco más de su escote. Kiriahtan no mostró ninguna reacción ante eso. Aquello pareció divertir aún más a la súcubo.
-En el Infierno hay muchos rumores de lo bueno que eres en la cama, y quería comprobar eso en persona –se rió-. No en vano soy un demonio del ‘amor’.
Continuó desabrochándose la camisa, lentamente. El Caído repasaba cada palabra que decía varias veces, como si su cerebro se encontrara embotado.
-Creo que sabes que puedo cambiar de forma –susurró Jezabel terminando de abrir la camisa-. Puedo hacer todas tus fantasías realidad.
Kiriahtan comprobó, con horror, como el pelo de su compañera empezaba a hacer más largo, rizándose y tomando un tono rojizo. De sus alas, membranosas como las de los murciélagos, empezaron a nacer plumas rojas y su cuerpo se moldeaba lentamente para dejar vislumbrar las medidas de una mujer exuberante.
'No'–gritó una voz en algún sitio de su mente-. 'Cualquiera menos ella'
Sus manos empezaron a temblar cuando Jezabel se acercó dejando que la camisa resbalara por sus hombros. Se sentó sobre él, a horcajadas y acercó sus labios para pegarlos contra los de él.
-Es esto lo que quieres , ¿verdad? –susurró, esbozando aquella sonrisa traviesa que tantas veces lo había vuelto loco en sus aposentos del Cielo.
La odiaba. Odiaba con toda sus fuerzas a aquella súcubo. Odiaba esa imagen de Uriel, esa perfecta Uriel, que había creado para él. Su mirada, sus ojos… incluso su voz era igual.
-Relájate –la escuchó decir-. Todo será como antes, por esta noche.
Bastó con que posara sus labios contra los de él de nuevo para que terminara de despertar. Kiriahtan se incorporó de golpe, empujándola hacia atrás. Jezabel, desprevenida, le miró sin entender nada. Nunca antes habían roto su hechizo. Dominado por su furia, él le agarró del cuello y la estampó contra la pared más cercana. Su mano era firme cuando la levantó varios centímetros del suelo.
-Ki.. ri… -boqueó ella, incapaz de terminar siquiera su nombre.
-Nunca –respondió él, con una voz más cortante y fría que el hielo-. Nunca vuelvas a hacer algo parecido. ¡NUNCA!
Con furia la tiró al suelo, apartándola de su vista. Se mantuvo de espaldas a ella mientras la súcubo recogía la camisa y salía como alma que lleva el diablo por la puerta. No es que le importara mucho matarla; simplemente la poca lucidez que le quedaba en esos momentos le decía que no era buena idea acabar con un líder demoníaco en esos momentos. Además, dadas las habilidades que tenía, quizás ni siquiera pudiera llevarlo a cabo. Con furia agarró el primer objeto que alcanzó su mano y lo lanzó contra la pared más lejana, haciéndolo estallar. Como si eso pudiera hacerle sentir mejor repitió el proceso durante un largo rato. Cuando no encontró nada más que lanzar se dejó caer, derrotado, a los pies de la cama. Como hacía antaño se envolvió con sus alas como si ellas pudieran servirle de escudo contra el dolor. Pero el dolor no venía de fuera. Nacía directamente de él, de cada respiración, cada palpitación de su corazón. Se llevó las manos a la cara, arrastrando las palmas hasta llegar al pelo. Cada uno tiene sus fantasmas, sus recuerdos agridulces… pero, ¿Cómo calmar un fantasma que latía con tanta fuerza dentro de su corazón?
-Vaya, Kiriahtan, ¿qué haces tan pensativo? –comentó una voz femenina.
Era suave y clara, pero a él le resulto irritante. No quería ver a nadie, no ahora. Pero Jezabel no parecía de acuerdo con eso.
-¿Te sientes mal, oh Gran Amo Demoníaco? –dijo poniéndose delante suya.
Su gesto burlón interrumpió el aislamiento del Caído, que se vio obligada a mirarla. Durante un momento estuvo perdido en el hechizo que emanaba de sus ojos negros, como si pudiera pensar en otra cosa.
-¿Qué quieres, Jezabel? –dijo con una voz totalmente ida.
La sonrisa picarona de la súcubo se acentuó. Ella ladeó la cabeza, acercándose a él despacio. Como si tuviera que tantear primero el terreno. Su corto cabello osciló de forma embelesadora.
-Siempre estás rodeado de buena compañía. Me extrañó verte aquí tan solito.
Eso no era realmente cierto. Kiriahtan solía pasarse la mayoría del día solo, como un alma atormentada. Es cierto que no rehuía la compañía, simplemente no la buscaba. Es como si se amoldara al lugar y momento donde se encontraba.
-Ven conmigo.
No era una orden, ni siquiera usó un tono diferente al normal. Una simple afirmación, y obligó al muchacho a que se levantara y la siguiera cual corderito dentro del Palacio. Ella iba comentando cosas en su eterno monólogo. Kiriahtan se sentía ausente, como si él no estuviera allí de verdad. Lo único que oía de vez en cuando era el tintineo del cascabel de su compañera. Aparecieron en la habitación del Caído. Él se sentó sobre la cama, como un autómata. Jezabel se dedicó a pulular de aquí para allá, sin llegar a tocar nada. Dedicó un largo rato a mirarse en un espejo de medio cuerpo que había por allí. De forma coqueta se apartó un par de mechones, dejando que sus pequeños cuernecitos se vieran bien.
-Dime, ¿es cierto que aún estás enamorado de esa chica? La Arcángel.
Kiriahtan la miró como si realmente no hubiera nada allí. Sus palabras resonaban en su cabeza como su fuera una cueva con eco. Sobretodo sus dos últimas palabras. En ningún momento se le pasó por la cabeza contestar. Era un ser callado, taciturno. No compartía sus pensamientos con nadie, ni siquiera hechizado. Parpadeó un poco, como intentándose librarse de ella.
-Oh, ¿es molesto? –Jezabel se acuclilló frente a él, portando aún esa sonrisa pícara en sus labios-. Ya sabes, las súcubos tenemos el don de subyugar a las personas. Yo puedo leer tus más oscuros deseos, Kiriahtan.
Su mano acarició de forma sensual la pierna del muchacho. Por unos breves momentos él se preguntó porque haría todo eso, pero irremediablemente se volvió a perder en aquella bruma negra que emanaban sus ojos.
-Aunque he de decir que contigo me resulta muy difícil –chasqueó la lengua, haciendo sonar el cascabel que llevaba en el pircing de esta-. ¿Siempre fuiste así de complicado?
Ella se rió, incorporándose y dando un par de pasos hacia atrás. Poco a poco se desabrochó un par de botones de la vaporosa blusa que llevaba, dejando ver un poco más de su escote. Kiriahtan no mostró ninguna reacción ante eso. Aquello pareció divertir aún más a la súcubo.
-En el Infierno hay muchos rumores de lo bueno que eres en la cama, y quería comprobar eso en persona –se rió-. No en vano soy un demonio del ‘amor’.
Continuó desabrochándose la camisa, lentamente. El Caído repasaba cada palabra que decía varias veces, como si su cerebro se encontrara embotado.
-Creo que sabes que puedo cambiar de forma –susurró Jezabel terminando de abrir la camisa-. Puedo hacer todas tus fantasías realidad.
Kiriahtan comprobó, con horror, como el pelo de su compañera empezaba a hacer más largo, rizándose y tomando un tono rojizo. De sus alas, membranosas como las de los murciélagos, empezaron a nacer plumas rojas y su cuerpo se moldeaba lentamente para dejar vislumbrar las medidas de una mujer exuberante.
'No'
Sus manos empezaron a temblar cuando Jezabel se acercó dejando que la camisa resbalara por sus hombros. Se sentó sobre él, a horcajadas y acercó sus labios para pegarlos contra los de él.
-Es esto lo que quieres , ¿verdad? –susurró, esbozando aquella sonrisa traviesa que tantas veces lo había vuelto loco en sus aposentos del Cielo.
La odiaba. Odiaba con toda sus fuerzas a aquella súcubo. Odiaba esa imagen de Uriel, esa perfecta Uriel, que había creado para él. Su mirada, sus ojos… incluso su voz era igual.
-Relájate –la escuchó decir-. Todo será como antes, por esta noche.
Bastó con que posara sus labios contra los de él de nuevo para que terminara de despertar. Kiriahtan se incorporó de golpe, empujándola hacia atrás. Jezabel, desprevenida, le miró sin entender nada. Nunca antes habían roto su hechizo. Dominado por su furia, él le agarró del cuello y la estampó contra la pared más cercana. Su mano era firme cuando la levantó varios centímetros del suelo.
-Ki.. ri… -boqueó ella, incapaz de terminar siquiera su nombre.
-Nunca –respondió él, con una voz más cortante y fría que el hielo-. Nunca vuelvas a hacer algo parecido. ¡NUNCA!
Con furia la tiró al suelo, apartándola de su vista. Se mantuvo de espaldas a ella mientras la súcubo recogía la camisa y salía como alma que lleva el diablo por la puerta. No es que le importara mucho matarla; simplemente la poca lucidez que le quedaba en esos momentos le decía que no era buena idea acabar con un líder demoníaco en esos momentos. Además, dadas las habilidades que tenía, quizás ni siquiera pudiera llevarlo a cabo. Con furia agarró el primer objeto que alcanzó su mano y lo lanzó contra la pared más lejana, haciéndolo estallar. Como si eso pudiera hacerle sentir mejor repitió el proceso durante un largo rato. Cuando no encontró nada más que lanzar se dejó caer, derrotado, a los pies de la cama. Como hacía antaño se envolvió con sus alas como si ellas pudieran servirle de escudo contra el dolor. Pero el dolor no venía de fuera. Nacía directamente de él, de cada respiración, cada palpitación de su corazón. Se llevó las manos a la cara, arrastrando las palmas hasta llegar al pelo. Cada uno tiene sus fantasmas, sus recuerdos agridulces… pero, ¿Cómo calmar un fantasma que latía con tanta fuerza dentro de su corazón?
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